He visto cosas...

 

Javier Romero es profesor en la facultad de Biología de la UB, padre de tiradores, y tirador de ocio. Entrena en el siempre poco aprovechado horario de las mañanas. Durante varios años fue el autor de un blog publicado en el portal del club SAM de Barcelona y tuvo multitud de seguidores. Todavía hoy pueden leerse sus posts (ver aquí). Hoy le hemos pedido que recupere alguno de sus artículos y lo ponga al día para que sea más aplicable a nuestro congreso. Éste es el resultado.  

Véase también la Entrevista Express a Javier Romero.

 

Los que vivimos la esgrima con compromiso, y, sobre todo, con cierta pasión, a menudo nos lamentamos de que sea un deporte tan minoritario, de que no se la valore como merece y, en general, de que se nos haga tan poco caso por ahí. Es un tema recurrente, que puede llegar a deprimir de manera benigna aunque dolorosa. Todos los que la practicamos estamos de acuerdo en su belleza, en la emoción de su práctica, en la nobleza de su arte, en la destreza que requiere; por supuesto tenemos razón. Hace unos veranos, bastantes ya, los del gremio vimos el cielo abierto, con la medalla olímpica de José Luis Abajo: al fin, una oportunidad para ser rescatados del olvido, redimidos del ostracismo. Pero el tiempo ha pasado y los efectos, si los hubo, han quedado un tanto diluidos.


Si he de ser sincero, no tengo ni idea de lo que deberíamos hacer para ponernos en el lugar que probablemente nos corresponde en justicia, y para que por fin esa gente tan rara nos prestara un poco más de atención (aclaración: la gente rara a la que me refiero es esa mayoría absoluta que no sienten, cosa sorprendente, la misma pasión por la esgrima que nosotros). Pero un punto a nuestro favor sería empezar por creernos, los esgrimistas y los esgrimófilos, que nuestro deporte es digno en todos sus aspectos, externos también, y borrar algunos rasgos que causan impresión de mezquindad o descuido. Porque yo, en mi deambular por competiciones oficiales y amistosas, estatales y autonómicas, infantiles, juveniles, sénior o de veteranos… Yo… Yo he visto cosas que vosotros jamás creeríais. Y no, no han sido naves de ataque en llamas más allá de Orión, ni rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser.


Lo que he visto (primera parte) ha sido el recinto de una competición donde no había donde dejar las sacas, sino amontonadas en un cuartucho  (y pobre del que le había tocado debajo si necesitaba un destornillador); ha sido una ducha individual para varias docenas de esgrimidores, suspirando en disciplinada cola por meterse bajo el chorro de agua helada en pleno mes de febrero; ha sido un montón de tiradores abjurando de sus tabúes y cambiándose en la pista, a falta de vestuario, desaparecido en combate; también han sido árbitros, que eran a la vez tiradores, dirigiendo el asalto cómodamente tumbados en el suelo; ha sido asistir a una final en unas gradas vacías, junto a la novia de uno de los tiradores y a un primo lejano del otro; ha sido batirme a codazos para llegar a un papelito donde estaban las eliminatorias de la competición.


Es cierto que son pequeñas cosas de forma, símbolos periféricos, rituales de escaso alcance. Pero los símbolos van cargados de valor. Los rituales encierran un significado. Todos estaremos de acuerdo en que lo más importante es la sustancia, la esencia. Pero también hemos de evitar mandar un mensaje de dejadez, que bien poco nos va a hacer merecer el respeto y el interés de esos “raros” a los que antes aludía.


Todo hay que decirlo, también he visto (segunda parte) competiciones ni tan sólo oficiales en pabellones un poco desangelados que gracias a cuatro plantas bien puestas adquirían aire de Grand Prix; y he visto salas en que la cortedad de la instalación era compensada por el entusiasmo de los organizadores; he visto árbitros perfectamente vestidos seguir con rigor el asalto; he visto clubes muy modestos que conseguían pequeños obsequios para todos y nos hacían sentir los mejores; y he visto finales seguidas por gradas repletas animando a los suyos; y hasta he visto pantallas estratégicamente colocadas para que los participantes pudieran, sin codazos, enterarse de sus resultados.


Muchas son, pues, las cosas que he visto, y que he dicho que jamás creeríais; pero he mentido, pues vosotros las habréis visto igual que yo, así que seguro que las creeréis.


Reconozco que me he ido apartando progresivamente de torneos y campeonatos estos últimos años, y sé que se ha hecho mucho por dignificar las competiciones, y que cada vez se ven más cosas de las de la segunda parte, y menos de las de la primera. Eso es muy bueno, y no me queda más que felicitar a los responsables. Hay que seguir así. Puede que las cosas de la primera parte pervivan en campeonatos locales, siempre muy justos de presupuesto, de efectivos, de apoyo. Opino que si algunas de estas estrecheces representan el precio que hay que pagar por que la esgrima abandone un poco las grandes capitales y se extienda por el territorio, y que haya más competiciones y más diversificadas, yo estoy dispuesto a pagarlo.


Pero lo que hemos de evitar a toda costa es aceptar que las cosas de la primera parte se traten como algo normal, algo que no puede ser de otra manera. Hemos de tener la convicción de que, si estas cosas suceden, es sólo de manera provisional; y de que, poco a poco, de esas cosas que todos hemos visto (y me refiero a las de la primera parte) y que jamás creeríais (o sí), podamos decir: todos esos recuerdos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia.


Que así sea.